Esto lo consiguen de varias maneras, ya desde las primeras visitas
domiciliarias. Al contactar con el posible adepto le ofrecen la
esperanza de vivir con felicidad en un paraíso en la tierra,
dentro de poco, y para siempre. Lo inundan de citas de la Biblia,
manipuladas o fuera de contexto, para acreditar la promesa de un
mundo mejor para los elegidos, comienzan a introducirlo en un sistema
muy simple donde todo se explica y justifica. Resaltan los aspectos
negativos de este mundo, que consideran enemigo y que será
destruido en breve. Semana tras semana repiten los mismos
aspectos hasta que el adepto comienza a creer que el único
sistema de vida lógico y razonable es dedicarse a las visitas
domiciliarias como obra urgente y salvavidas antes del fin. A la
vez lo convencen de que la autoridad para interpretar la Biblia
y decidir qué creer y qué hacer, la tiene el “Cuerpo
Gobernante”, un grupito de la sede central en Nueva York,
la Sociedad Watchtower, representado en las congregaciones locales
por los “ancianos” de los que deberá aceptar
sin discusión cuando digan y ordenen. Ellos son quienes explotan
el sentimiento de culpa cuando el adepto no llega al estándar
de perfección esperado, ya sea por predicación insuficiente,
por poca preparación para convencer, temor a perder
la fe, pocas contribuciones voluntarias, pecados de obra o pensamiento,
etc.
Los “ancianos” delegan parte de su actividad en los
“siervos ministeriales” y así entre unos seis
o doce se reparten las conferencias y estudios que ocupan cinco
horas semanales de información reiterativa, controlada y
filtrada, que reafirma la visión parcial de la realidad y
no deja libertad de elección ni opinión.
A la vez, este exceso de información, no objetiva, predispone
al adepto en contra de la ciencia, de los historiadores, de los
profesores, de los políticos.
Desaconsejan que se lean publicaciones ajenas a los Testigos o que
se sigan estudios superiores, y para contrarrestar publican una
revista cada semana y dos libros cada año como mínimo
y matriculan a hombres, mujeres y niños en una escuela de
oratoria y técnicas de marketing a las pocas semanas de verlos
por sus salones del reino. De esta forma consiguen que sus reuniones
sean aparentemente “participativas” y a la vez que,
al margen de las visitas domiciliarias, del trabajo o la escuela,
el Testigo límite al máximo su contacto con la sociedad,
aunque aparentemente sea una persona “normal”. Otro
aspecto que consigue aislar y marginar sobre todo a los adeptos
jóvenes son las prohibiciones que en su afán por llamar
la atención como modelos de perfección y santidad
han de respetar: no mentir, no ir a discotecas ni bailar, no intimar
con jóvenes, no participar en actividades públicas,
asociaciones de vecinos ni en las votaciones, no aceptar las transfusiones
de sangre, evitar las películas de sexo y violencia, etc.
Como puede observarse esto conduce al enfrentamiento cotidiano con
la sociedad, que es lo que pretende su doctrina o, en caso de saltarse
una norma, a las sanciones por parte de los “ancianos”.
Estos amenazan con “señalar” al infractor, con
lo cual durante varios meses no le permitirán asociarse socialmente
con el resto de los “hermanos”. Eso si reconoce su culpa
y se arrepiente, ya que si a juicio de los “ancianos”
no se arrepiente de corazón, entonces lo “expulsan”
con lo cual en adelante ni siquiera le dirigirán la palabra
y lo considerarán peor que a un delincuente, cesando toda
relación con amigos y, según como, parientes.