Hijos criados en una “denominada secta” corren el peligro
de no adquirir durante su desarrollo ninguna habilidad de pensamiento
y actuación independiente. Eso expresa sobre todo en la dificultad
de llevar una vida determinada por sí mismo tras una eventual
salida del grupo. En la Universidad de Zurich (Instituto de Psicopatología
de Menores), las autoras disertan sobre el tema en el trabajo “Infancia
en un grupo religioso – entre el aislamiento y la separación”.
Según los cálculos aproximados de expertos, sólo
en Alemania unos 100.000 hasta 200.000 niños y jóvenes
se crían en las “denominadas sectas” (en adelante
denominados “grupos” con una tendencia coercitiva).
Por la pertenencia al grupo, los menores crecen en un ambiente que
rige por una ideología inapelable y que pretende aislarles
o incluso separarlos del mundo exterior, pues el grupo está
convencido de ser el único que posee la “Verdad”
absoluta.
La vida conforme a los mandamientos y prohibiciones del grupo puede
llegar al extremo de que los menores sólo pueden utilizar
instalaciones de educación, formación y ocio propios
del grupo. Los contactos y experiencias fuera del grupo están
suprimidos o al menos limitados. A los niños, que a diferencia
de sus padres sólo conocen la vida del interior del grupo,
eso les hace ajenos a la realidad. Además, se les niega la
oportunidad de ir aprendiendo a lo largo de su desarrollo y a desenvolverse
fuera del grupo.
Educación para la obediencia absoluta
Cuanto más se aíslan los miembros del mundo exterior,
más intensa será la influencia y la dirección
que ejerza el control del grupo sobre la vida cotidiana de sus miembros.
Bajo estas circunstancias, la educación infantil suele estar
marcada por la ambición de orientar a la descendencia conforme
al sistema religioso del grupo en cuestión.
“Había 100 y 1000 reglas. En realidad, dictaban toda
tu vida”, explica Katja T. (todos los nombre han sido cambiados).
Perteneció a los Niños de Dios (actualmente “La
familia”), un grupo de carácter milenarista. Vivió
casi diez años con su marido sus cinco hijos en las comunidades
propias del grupo. Ella nos relata que “A edad muy temprana,
nuestro hijo mayor ya fue una persona muy autónoma, muy independiente
que tenía sus propias ideas, (…) Ejercieron sobre
él una presión tremenda, también sobre mí,
para lograr que se comportase de acuerdo a su rígidas normas.
No pudo expresar nada de lo que simplemente quería hacer
a su manera (…). Nos dictaron prácticamente en todo
momento lo que debíamos sentir y cómo debíamos
ver las cosas. (…) En ningún caso, nos pedían
que nuestros hijos mostraran autonomía”.
Como el caso de Katja, los contenidos religiosos e instrucciones
de actuación son considerados inapelables; el fomento de
formación de una opinión propia y la capacidad crítica,
que facilitarían a los jóvenes el pensamiento y la
actuación independiente, no forman parte de los objetivos
a conseguir. De este modo les falta a los menores cualquier apoyo
cuando tratan de aprender, conforme vayan cumpliendo años,
a llevar una vida autodeterminada asumiendo su propia responsabilidad.
Esto es lo que ocurre cuando en el seno del grupo reina una actitud
contraria a la crítica y enseña a los menores a vivir
estrictamente conforme a los mandamientos y prohibiciones específicos
del grupo, independientemente de sus necesidades, intereses y habilidades
individuales. Se consigue en grupos de una estructura fuertemente
jerárquica mediante la educación de obediencia absoluta,
a menudo empleando castigos corporales. Sin embargo, generalmente
prevalecen los medios de presión psíquicos sutiles,
apelando con demasiada intensidad a la conciencia y al juicio del
niño. Esa clase de actitudes educacionales puede conducir
a una excesiva sumisión a la autoridad y a una relación
de dependencia. Si los menores no pueden o deben cuestionar los
contenidos religiosos transferidos, se complica enormemente el proceso
de emancipación de los padres y, en su caso, del grupo. Es
mayor el peligro de que no se logre “cortar el cordón
umbilical” y que eso conlleve a una ruptura total con los
padres y la comunidad.
La vida en dos mundos
En el caso de que los menores vayan a una escuela pública,
como suele ocurrir, se da la posibilidad de conocer también
visiones y formas de pensamiento ajenos al grupo. Pero esta circunstancia
no deja de ser problemática, porque los padres suelen insistir
en que sus hijos durante su vida cotidiana en la escuela se mantengan
alejados de todo cuanto podría oponerse a los contenidos
religiosos específicos del grupo. “Siempre nos decían
que nosotros teníamos la verdad, en el grupo y allá
en el mundo”, explica Claudia. Ella creció en una familia
que pertenecía a una comunidad cristiana fundamentalista,
los Anabaptistas Evangélicos. Desde pequeña le inculcaron
que el mundo exterior era maligno y pervertido y que por tanto había
que rehuirlo. Si bien siempre iban a la escuela pública,
en su tiempo libre nunca podían tener contactos con no miembros
ni participar en actividades extraescolares. “No podía
participar en nada, siempre nos quedábamos excluidos”.
Si los menores se rebelan contra las indicaciones paternales, deben
hacerlo en secreto. Lukas, cuyos padres son Testigos de Jehová,
cuenta que cuando era adolescente a menudo participaba en secreto
en actividades de un club de deporte y pasaba su tiempo libre principalmente
con no adeptos a pesar de las prohibiciones basadas en la ideología.
Acerca de ello afirma: “Participaba en todo, pero siempre
teniendo mala conciencia (…) Te lo hacen pasar tan mal que
ya no tienes otra opción que desarrollar tu propia estrategia
para administrar tu vida y ocultar ciertas necesidades, o hacer
simplemente todo de forma encubierta, y acostumbrándote así
a llevar una doble vida”.
La decisión de salir
Al hacerse mayor, se va haciendo más difícil supeditar
las necesidades personales a las pretensiones del grupo y en consecuencia,
se va intensificando el deseo de separarse del grupo. “Para
mí fue una sensación difusa que me iba impulsando
a salir, percibía una sensación de no tener espacio,
de no poder respira, (…) de no poder hacer nada de lo que
quería”, explica Lukas. Cuando empezó a interesarse
por una carrera en el terreno del arte, no se aplaudieron sus intenciones
dentro de los la comunidad de los Testigos de Jehová. Pese
a las resistencias internas del grupo, inició su formación
artística y en su nuevo entorno entró en contacto
con cuanto había estado “prohibido”. “O
sea, un mundo nuevo con todas sus consecuencias. También
viví a tope todo esto”, afirma. Quería hacer
todo lo que siempre se le prohibió” sin mala conciencia,
sin cuestionarse, simplemente hacerlos sin más”. En
ese mundo nuevo fumaba, bebía alcohol, consumía hachís
y también tuvo una novia por primera vez. Eso le gustó
tanto, que al final se separó del Grupo.
La decisión de abandonar un grupo, se debe entender como
un proceso al que precede una fase prolongada, durante la cual va
madurando la idea de la salida. Los motivos pueden ser, por una
parte, los conflictos psíquicos internos que llevan al afectado
a una mayor presión provocando sufrimiento y críticas
al grupo. Por ejemplo, cuando no se pueden satisfacer necesidades
individuales por la forma de vida exigida por el grupo, o
cuando las experiencias negativas dentro del grupo comienzan a predominar;
entonces el deseo de salirse se agudiza, como en el caso de Lukas.
Por otra parte, a menudo son circunstancias externas las que provocan
la salida de los miembros del grupo. En eso, desempeñan un
papel significativo los cambios en las relaciones interpersonales,
como por ejemplo un divorcio, un cambio de domicilio o el inicio
de una formación profesional.
En busca de una nueva identidad
Especialmente duro es el proceso de desvinculación cuando
los afectados deben decidir entre el grupo y su familia, ya que
la salida conlleva una ruptura de relaciones. En esta fase son de
mucha ayuda, los familiares que no pertenecen al grupo, como abuelos
o amigos, que ofrecen a los ex adeptos una red de seguridad y apoyo.
Si está consumada su salida del grupo, los ex adeptos deben
intentar adaptarse a una nueva manera de vivir. En el momento inmediatamente
posterior al abandono de la comunidad de Vida Universal y a su 17
años, Julia tuvo que acostumbrase primero a seguir su propio
camino en la vida. “Puesto que antes siempre tenía
una especie de manual, me sentía bastante perdida cuando
ya no había nadie que me dijera que debía hacer y
pensar. Me había encontrado siempre en un mundo falso determinado
por lo que mis padres habían vivido y hecho”.
Superar el vacío
Cuando Claudia se marchó de la Comunidad de Anabaptistas
Evangélicos tenía unos 25 años. Primero se
sintió como alguien que sale de la prisión tras años
de cautividad. Sólo con muchas dificultades se fue librando
de las normas del grupo, “las prohibiciones tenían
un efecto tan, tan intenso”, nunca se le había ocurrido
entrar a una biblioteca, la prohibición de leer e ir a la
biblioteca le había afectado mucho mientras fue miembro del
grupo. Lukas describe esa fase de re orientación como una
especie de “mundo intermediario”. “Ya estaba fuera
en realidad “ ya no era Testigo de Jehová), pero aún
no se situaba en ningún otro lugar. “No era suficiente
llevar el pelo largo, conducir un coche y fumar porros”. Para
superar la falta de orientación muchos “ex adeptos”
se dirigen a un nuevo sistema que tiene estructuras parecidas al
grupo abandonado. “ Tras el intenso control en el grupo me
encontré en un vacío, de modo que huí a una
Iglesia libre, que en apariencia tenía ciertos puntos en
común con el grupo”, explica Karja.
Como demuestran los ejemplos, el reto para los ex-adeptos radica
en deshacer sus antiguos valores y normas de referencia y reemplazarlos
por otros nuevos. Ese proceso afecta a la idea de religión,
pero también en gran parte a la visión que se tiene
de sí mismo y del entorno. “No formo parte de este
mundo” explica Lukas, “son cosas que tienes asumidas,
asimiladas y de las que ya no te puedes librar”. Incluso muchas
veces le sobreviene sensaciones de exclusión, pero ya ha
aprendido a sobrellevarlas.