Ha pasado ocho años vinculada a un grupo que le prometía
un mundo mejor a cambio de sacrificar su identidad.
Mi historia comenzó durante un curso de meditación.
Estaba interesada en mejorar mi capacidad de concentración
para mis estudios de Psicología. Por eso me apunté
a un curso de siete días donde los miembros del grupo Brahma
Kumaris supuestamente me enseñaban a meditar. Cada vez
me invitaban a más eventos y reuniones en los que me ofrecían
un mundo lleno de paz y felicidad, cercano a Dios. Poco a poco,
comencé a notar que mi vida tenía un nuevo sentido,
que el grupo me apoyaba y compartía mis valores. Mi vida
eran ellos y las actividades altruistas que llevábamos
a cabo. Se suponía que éramos los seres espirituales
más elevados de la Tierra, que la verdad estaba sólo
en Brahma Kumaris y que el Dios verdadero era quien nos decía
lo que teníamos que hacer.
La estructura de la organización era totalmente piramidal:
había que obedecer casi ciegamente a los líderes
porque eso suponía cumplir los deseos de Dios. Al principio
todo era hermoso; me creé mi propia burbuja para protegerme
del mundo y aislarme de mi entorno personal. Entonces empezaron
los conflictos con mi familia, al ver que ya nunca estaba en casa,
que no tenía amigos. Me veían cada vez más
desmejorada, porque llega un momento en que casi no eres consciente
de las necesidades de tu cuerpo. A todos los que intentaban ayudarme
les decía que era mi vida y que no estaba metida en una
secta. Pero la presión llegó hasta tal punto que
abandoné mi casa y me trasladé al centro donde se
impartían los cursos, que también era vivienda.
Entonces me entregué totalmente a su causa. Fue muy doloroso
para los mios, pero en ese momento, desgraciadamente, no piensas
en nadie ni en nada: ellos me hacían sentir que eran mi
verdadera familia. Los que estábamos en Brahma Kumaris
no podíamos mantener ninguna relación afectiva especial,
ni por supuesto sexual, sin ninguna persona.
Estuve desde los 21 hasta los 28 años y cada vez estaba
más deteriorada psicológica y físicamente
y más alejada de mi familia, de mis amigos y de mí
misma. Pero aún conservaba parte de esa Sandra alegre y
coherente. Esa chispa fue la que me ayudó a huir de ese
callejón sin salida.
Dentro de la secta existía la teoría de que el mundo
se iba a acabar muy pronto y que había que estar preparados;
que la única forma de evitar el sufrimiento era permanecer
dentro del grupo. A pesar del temor, tuve varias tentativas de
salir de allí, pero siempre mandaban a alguien cercano
al grupo para que me convenciera de que regresara. Lo que detonó
la bomba dentro de mí fue darme cuenta de que estaban limitando
mi capacidad de decisión y raciocinio; que me sentía
atrapada por una cuerda invisible que rodeaba mi alma y que me
habían robado lo más valioso: la libertad.
Con la ayuda de una amiga, que también estaba dentro y
que quería irse del grupo, me mudé del centro de
actividades donde vivía a un apartamento durante un fin
de semana. Me sentía muy sola, tenía que empezar
a reconstruirme desde dentro y recuperar mis ideas, mis valores.
Al principio te refugias en la vida rutinaria y procuras no pensar
en nada. Más tarde comienzan las crisis de angustia y ansiedad,
el miedo excesivo. Afortunadamente, conté con el apoyo
de esa amiga que se fue al mismo tiempo que yo y de Pepe Rodríguez,
autor del libro “El poder de las sectas”, que me ayudó
muchísimo a entender lo que me estaba pasando y con el
que además mantuve una larga conversación que me
permitió aclarar ciertas dudas.
El tiempo es ahora mi mejor aliado, ya que me está sirviendo
para poder ir llenando mi mente de nuevas experiencias e ir olvidando
otras. Han pasado ya tres años y ahora sólo sé
de ellos por los folletos de los cursos que organizan y que veo
en algunas tiendas y herbolarios. Yo aprendí mucho de esta
experiencia, aprendí a conocerme a mí misma, a no
valorarme a través de los ojos de nadie y a ser más
tolerante con la gente diferente.