Al principio me interesé en mejorar aspectos de mi personalidad,
y también me decían que compartían mis ideas
sobre ecología y la prohibición de la caza de ballenas,
etc. De esta forma se captó mi interés. En aquel entonces
nadie hablaba de Cienciología, de religión, de la
teoría de la reencarnación, ni de temas transcendentales,
nada suscitó mis sospechas.
Me guiaban con sugestiones, acercándome poco a poco a sus
ideas. Una introducción muy suave, en la cual no me di cuenta
que estaba introduciéndome en un mundo de ciencia-ficción,
de fantasías cada vez más grotescas, y en las cuales
yo comenzaba a creer con fervor creciente. Un fervor producido artificialmente.
Me contagiaban un constante entusiasmo, una felicidad de poder ser
partícipe de tan feliz grupo. Todos sonreían e irradiaban
pasión por aquel extraño mundo que nos abrían.
Tenía un idioma propio. Aprendiéndolo sustituían
mis ideas por las de la doctrina. Había que leer muchos textos
y libros y, para entendernos, se tenía que usar su diccionario.
De esta forma el adoctrinamiento constituía en un aprendizaje
continuo, una forma intensa de adoctrinamiento.
Cuando llegué al ansiado nivel de “claro”, lo
o obtuve combinando con la lógica de tres definiciones del
diccionario. Hoy sé que hice esto, en aquella época
pensaba que había descubierto algo nuevo. Por lo tanto, yo
no descubría un “propio universo”, tal como me
querían hacer creer, sino que actuaba bajo la fuerza sugestiva
de la doctrina. Hoy opino que no “aprobé” dicho
grado de “claro”, sino que dicho examen sólamente
tenía la misión de confirmarles a ellos que yo definitivamente
creía en su mundo de ciencia-ficción.
En la central de Florida, en los EE.UU., “aprobé”
también dos entrenamientos de muy alto grado. En uno de ellos,
el denominado L-11, me hacían preguntas fuertemente sugestivas,
creándome un gran sentido de culpabilidad. Debido a ello
“aprobé”, llegando a la conclusión que
si yo antes había tendido algunos problemas, sea en esta
vida o en las pasadas, era porque yo había abandonado el
“camino correcto”. Si iba por dicho camino, yo podía
vivir sin problemas y desarrollar todo el poder de mi ser. El camino
correcto no era otro que acatar las leyes internas de Cienciología,
resumido en su libro de las “éticas”, un muy
estricto catálogo de leyes internas, las cuales prevalecen
sobre cualquier otra clase de leyes y exigen una absoluta y obediente
sumisión a las autoridades del grupo, sean éstas administrativos
“dictadores” de finanzas, “oficiales de ética”.
Etc. Para “aprobar” la citada L-11, prácticamente
tuve que demostrarles mi convicción inamovible de acatar
dichas leyes internas.
Una vez adoctrinado, había perdido mi voluntad propia. Solamente
pensaba y actuaba dentro del marco prescrito de la doctrina. Era
como un robot mental, un esclavizado en el pensamiento y, si me
urgían a pagarles, les pagaba, sin poder oponerme.
Como un robot mental, a la orden de una estricta reglamentación,
me transformé en una persona arrogante, convencida
de ser un ser superior, despreciativo frente a mis seres queridos,
haciéndoles la vida imposible.
Al final, yo estaba tan convencido de haber pasado a través
de tantas reencarnaciones, había hablado tanto sobre mis
vidas pasadas en las sesiones, que la fuerza de la doctrina era
la fuerza de una hipnosis. Con toda esta ciencia-ficción
en mi mente, yo veía la presente vida como una de miles de
vidas consecutivas y estaba convencido de que el paso desde esta
vida a la siguiente era muy fácil. Además, al ya haber
llegado al grado de “claro”, suponía que en la
próxima vida lo tendría mucho mejor. Con estas permisas
decidí poner fin a esta vida y prepararme para la próxima
reencarnación. Tuve mcuha suerte de que mi esposa llegara
a tiempo para salvarme la vida.
Luego tardé casi cinco años en librarme completamente
de dicha doctrina en mi cabeza.
