Las tres preguntas fundamentales de la filosofía son aquellas que se le hacen al Otro, pero también las que nos podemos hacer a nosotros mismos:
¿De dónde vienes? - ¿A dónde vas? - ¿Quién eres?
El trabajo de búsqueda que realiza el sujeto sobre las dos primeras preguntas es lo que le afirma como "Yo" que responde a la pregunta de "¿Quién eres?".
Y, sobre todo, de lo que se trata aquí es de abordar la primera de las preguntas, en sus estructuras más concretas.
Se trata del problema de las filiaciones, que pueden ser:
familiares, nacionales, culturales, religiosas, sociales o lingüísticas.
Pueden existir carencias en cada uno de estos niveles. O bien, se trata de unos recursos que son necesarios para el proceso de construcción de uno mismo.
La relación con el mundo
La familia, y, muy especialmente, los progenitores, constituyen el primer recurso que confiere una filiación que nos revela nuestra humanidad. A partir de ella, intentaremos crear vínculos en todas las direcciones que den sentido a nuestra existencia, según ciertas orientaciones éticas y/o estéticas.
La necesidad fundamental de construirse a partir de una relación con el mundo se traduce en la búsqueda de un ideal que los padres, por naturaleza, tienen el deber de despertar. Además, se supone que son ellos nuestros primeros representantes y mediadores.
La búsqueda de un ideal puede precisar de una mediación similar a la de los padres biológicos. Sin embargo, éstos no pueden afirmarse como modelos a imitar, tengan las cualidades que tengan, sin destruir la trascendencia del ideal que sustituyen. De este modo, enturbiarían la transparencia que su papel de mediadores requiere. Al contrario, son sus diferencias y carencias no disimuladas para con ese Ideal lo que evidencia su sentido. El padre verdadero tan sólo es el revelador posible del "Padre ideal", según la terminología lacaniana.
Las grandes orientaciones filosóficas y las grandes tradiciones religiosas retoman con una dimensión superior esta primera mediación constituida por los padres. Ellas mismas no tienen otro sentido que el de superar sus carencias. No permiten avanzar si no es a través del cuestionamiento permanente. Mueren si se constituyen un sistema cerrado de seudo-certitudes. Ocurre exactamente lo mismo con una ciencia o una filosofía que no se ponga en cuestión.
Las palabras sólo tienen sentido pleno si son definidas como representaciones del ideal que designan.
Las palabras, tomadas como tales, se constituyen como símbolos que reenvían a las estructuras aceptadas del pacto que realiza la lengua común. La coherencia simbólica se asegura mediante la remisión constante a las filiaciones de la etimología. El discurso fundamentado en este proceso permite una comprensión entre hablante/receptor, en el que éstos participan según los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad de cada uno.
La lengua dice mucho más de lo que cree el hablante. Así, le revela a él mismo, si presta atención, por la coherencia y la riqueza inagotable de su filiación etimológica, que se confunde con la historia humana.
En cualquier caso, para aprovecharse de ello hay que asegurar la confianza (fidelidad a la realidad, fiabilidad y confianza en lo que se dice, sinceridad), cuestionando incesantemente tanto lo que decimos, como lo que nos dicen.
Es evidente el gran peligro que pueden representar las carencias naturales y lingüísticas, que no permitirían dar sentido al alejamiento de la realidad, y, por tanto, reconocerla como tal.